La magia del tiempo

 

Hoy demore más de lo habitual en salir de casa hacia el trabajo. Para ser más precisa, siempre salgo a las 16:30 pero hoy, porque decidí tomar un largo y relajante baño, ¡salí 16:35 y esos 5 minutos no saben lo que significa cuando tienes que alcanzar un tren!

 

El caso es que al salir a la calle me encontré a la misma altura que cada día al elegante señor inglés (que por cierto me encanta y le sonrío) que cruzo en mi vereda. Más adelante, la mujer musulmana que pasa en sentido opuesto al mío con el cochecito de bebé pero que nunca veo en verdad porque la capota lo tapa. Continué ya por la calle a la estación y pasa en la vereda de enfrente el mismo hombre con anteojos con mucho aumento hablando con el celular como cada tarde cuando lo cruzo. Y ahí comencé a pensar si sería solo yo quien hoy había salido más tarde de casa o si todos se habían demorado por alguna razón… Ya casi llegando a la estación paso por una serie de casas y se oye el sonido estruendoso de un estornudo, ¡el mismo que escuché ayer! Y ahí ya comencé a dudar y preguntarme si en verdad TODOS estábamos “retrasados” o tal vez yo estaba inmersa en un sueño al mejor estilo de aquel filme, quizás algo tonto o ridículo pero inolvidable, llamado “El día de la Marmota”

 

Al entrar a la estación de trenes se escuchaban los gritos de una mujer muy enojada con uno de los empleados de la estación. Ella, con movimientos corporales bruscos (no violentos) escupía palabras tan aberrantes que lastimaban con solo escucharlas en cambio él, inmutable simplemente la observaba en silencio con una expresión de calma admirable. Yo debía pasar a su lado y temía que, en uno de sus arrebatos con sus gesticulaciones con sus brazos me golpeara al pasar por el molinete. Por suerte esto no sucedió y finalmente logre pasar hacia el andén, los gritos aún se oían a lo lejos y todos observaban curiosos e intrigados por saber qué habría pasado para que esta mujer reaccionara así.

 

Ya adentro de la estación veo que ninguno de los trenes que habitualmente tomo figuraba en pantalla y que el siguiente era el de 17:16 lo cual significaba para mi llegar tarde a mi trabajo ya que luego del tren debo tomar un autobús. ¡Mi mayor sorpresa (y motivo del título de este escrito) fue al observar en las pantallas del andén que aún estaba por salir el primer tren -que siempre tomo- de las 16:49 y el siguiente de 17:05! Así que no solo podría tomar mi tren habitual, sino que además llegaría a tiempo a mi trabajo. Pero aún seguía sin comprender que sucedía realmente porqué todos los relojes en mi casa funcionan a la perfección, soy muy estricta en eso y sabemos que aquí también lo son con los horarios.

 

El viaje fue tranquilo, ni siquiera están los chiquillos ruidosos de la escuela que cada día toman ese mismo tren. Así que proveché para responder algunos mensajes. Llegué a destino y el autobús llegó esta vez más que puntual, éramos pocos pasajeros y no se oía de fondo el bullicio de las conversaciones en diferentes idiomas como suele suceder, por el contrario, solo se escuchaba la radio del conductor detrás del vidrio escuchando el partido (¡imaginen el silencio!) Llegamos a la parada, y de la vereda de enfrente me saluda mi amigo Larry quien siempre llega temprano, me espera y le pregunto la hora y la chequea en su celular y me dice: 17:40 ¡había llegado más temprano que lo habitual cuando salgo antes de casa!

 

Sinceramente desconozco el motivo real de toda esta serie de sucesos fortuitos, pero me hizo pensar en aquella frase que mi tía suele decir: “Todo en armonía con el universo”

 

Por quien doblan las campanas?

Hace un rato escuchaba, a través de mi ventana, las campanas de la Iglesia sonar. No es habitual escucharlas aquí, al menos no en Bedford, si recuerdo las de Doncaster que a una determinada hora de la tardecita ¡sonaban a todo dar! Solía ir a sentarme en la especie de plaza con bancos que estaba a un lado de la Iglesia para sentirlas mejor.

 

También vino a mi mente un video que le grabo un “paisano” de mi padre que viajo a su pueblo natal y le trajo de regalo ese video cassette con el campanario de Casalanguida, Chieti sonando, ¡jamás lo olvidare! Y será por eso, al ver a mi padre tan emocionado y lleno de nostalgia por su pueblo añorado al que nunca más regreso, que a mí me traen esta fascinación.

Otra bonita experiencia fue la de mi primer viaje a Irlanda, el hostel daba al campanario de Shandon y estas sonaban diferente marcando el cuarto de hora, la media hora y la hora.

 

Hace algunos días, leyendo una nota en el diario del tren, un hombre se quejaba porque las campanas “contaminaban” la paz del lugar y decía que muchos vecinos habían decidido vender sus casas por ese motivo a lo que otras personas asentían y compartían su descontento ante este tema también.

 

Yo no sé, será que mi pertenencia siempre fue europea (¡y aquí nadie se ofenda! Me refiero al origen de mis antepasados) que viene a mi mente la imagen de esos pequeñísimos poblados entre montañas (estilo Heidi) y asoma allí la torre de la Iglesia con su campana sonando y el pueblo alegre viviendo a su alrededor y, sin embargo, a mí me transmite una sensación de inmensa paz y que incluso armoniza con el paisaje del lugar.

 

Uds. que creen?